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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Una Flor Amarilla - Julio Cortázar

Una Flor Amarilla - Julio Cortázar
(Final del juego, 1956

         Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.
         Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
         Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
         —Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
         Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
         —Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
         Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
         —Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
         Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
         —Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
         No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
         —Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
         Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
         —Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
         Pagué.

martes, 18 de agosto de 2015

Microcuentos - Ednodio Quintero

Tatuaje - Ednodio Quintero
Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal. 

Venganza - Ednodio Quintero 
Empezó con un ligero y tal vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y el mirarse sorprendidos. ¿Por qué ellos? ¿Qué oscuro designio los obligaba a reconocerse de pronto? Después  largas noches y soleados días en inacabable y frenética fiebre.
Cuando a ella se le notaron los síntomas del embarazo, el padre enfurecido gritó: “Venganza”. Buscó la escopeta, llamó a su hijo y se la entregó diciéndole:
-Lavarás con sangre la afrenta al honor de tu hermana.
Él ensilló el caballo moro y se marchó del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba la sed de venganza, pero sí la tristeza del nunca regresar. 

La vaca
Mi abuelo tenía una vaca que se alimentaba de morocotas. Un día la vaca amaneció muerta a la orilla del río y los zamuros se la comieron. Mi abuelo buscó la escopeta y se pasó el resto de su vida cazando zamuros.

Jinete
En mi pueblo vivía un loco que montaba un caballo de palo. Una noche, por encima de los tejados alumbrados por la luna, pasó una bruja encaramada en una escoba. El loco la vio pasar, y sin pensarlo dos veces clavó las espuelas al caballo. Nunca más supimos del jinete.

Muñeca
Cuando murió mi hermanita la enterramos junto con sus muñecas para que le hicieramos compañia. Transcurridos noventa años de aquel triste suceso, he llegado a convencerme de que las muertas fueron las muñecas, y enterramos también a mi hermanita para que les hiciera compañia.

A plomo
Una vieja beata que no conocía hombre soñó que hacía el amor con el diablo. Despertó y temprano fue a misa. Al regreso buscó la escopeta matatigres de su hermano, se la metió entre las piernas y se disparó dos tiros.

Coleccionistas
Un hombre coleccionaba alacranes y un alacrán coleccionaba hombres. Un día el azar los condujo a la misma encrucijada, y se conocieron. Hablaron de sus respectivos pasatiempos. Intercambiaron miradas comprensivas, ciertamente cargadas de codicia, pues vislumbraban la importancia de la nueva pieza a cobrar. Y se pusieron de acuerdo: cara o sello.

TV
Una niña vio en la TV el sacrificio de un bonzo. Entonces buscó su única muñeca, la bañó en gasolina y le dio fuego. Cuando llegaron los bomberos todo el barrio estaba en llamas.

Amputación
Los médicos decidieron amputarle la pierna pero el paciente se opuso. Dijo que conocía un remedio eficaz que lo sanaría en un par de semanas. Los médicos le advirtieron que la infección podría invadirle otros órganos. El enfermo mantuvo su posición y se aplicó el remedio con esmero...y ceguera, pues mientras la pierna mejoraba, el mal se ramificaba en todas direcciones.

La pierna sanó por completo, lo que no dejó de asombrar a los médicos. Sin embargo, considerando el triste estado del paciente, decidieron amputarle el resto del cuerpo...




El combate - Ednodio Quintero

El combate - Ednodio Quintero


El sol se hundía en las lejanísimas montañas coronadas de nieve, veteadas en los flancos por líneas verdosas, rayadas de carbón. Yo avanzaba a través de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas mi rastro de sangre. Me detenía el tiempo justo para respirar y luego reanudaba mi implacable marcha pues no quería que la noche me sorprendiera a descampado. Abrigadas en las sombras, las fieras o las aves de rapiña me acosarían sin piedad, y en aquel estado de indefensión, ¿qué resistencia les iba a ofrecer? Moverme me causaba daño, ya que, prácticamente, ninguna región de mi cuerpo había escapado al castigo. A decir verdad, mis heridas no eran de muerte, pero este hecho no me consolaba. ¿Qué ventaja se derivaba de aquella circunstancia? Morir no era mi mayor preocupación. Ya habría tiempo para ocuparse del trance final.
Mientras avanzaba apoyándome en alguna raíz enterrada en los salientes rocosos, me invadía una rara sensación, semejante a la desilusión o la tristeza. No obstante, su verdadera naturaleza no era fácil de definir. Yo me había habituado a la derrota, mi destino estaba entretejido por la traición. Entonces, por qué habría de afligirme esta nueva caída siendo que ella no era más que una reiteración, otro eslabón en la cadena. Acaso, por primera vez, tuve conciencia de que aquel sentimiento, el que fuera, rebasaba mis propios límites y se precipitaba en el vacío.
Había librado un combate desigual, y supe desde el primer momento que no tenía la más mínima posibilidad de resultar vencedor. Pude eludir el encuentro pues nada me obligaba a someter mi cuerpo a semejante escarmiento. Sin embargo, una fuerza para mí desconocida sostuvo mi decisión.   —64→   ¿Acaso me solazaba en el dolor? No lo creo, no ha sido el dolor mi aspiración esencial. Al menos, voluntariamente, no me expongo a la crueldad. Ahora, ante mi piel desollada, de nada servían los pensamientos. Cualquier hipótesis resultaba superflua. Pero no podía dejar de pensar, al contrario, imágenes y voces fluían incontenibles, fustigándome y atormentándome, convirtiendo mi huida en un vía crucis mental.
Escuchaba la risa burlona del enemigo, escudado detrás de la máscara de hierro, y aquella risa endemoniada era preferible al silencio, pues opacaba su irritante respiración, silbante y persistente como el zumbido de un moscardón. Y cuando al fin cesaban la risa y el silencio, en algún lugar de mi memoria surgía nítida una figura familiar -cuyos rasgos habría reconocido entre una multitud. Se incorporaba en su tumba y me increpaba con palabras terribles, que llegaban a mí desfiguradas por la lejanía, astilladas por el viento de la eternidad, y que hacían vibrar mis oídos como una maldición. ¿Estaría yo condenado a oscilar el resto de mis días entre carcajadas de burla y voces muertas? A través de aquel odioso contrapunto se filtraba, débil -e inconfundible-, un sollozo. Yo había traspasado no sé cuántos umbrales del sufrimiento, pero el sonido de mi propio llanto no lo iba a soportar. Arranqué un puñado de hierba seca mezclada con tierra y taponé mi boca para sofocar mi voz. Y reanudé la marcha dispuesto a no dejarme arrebatar por ninguna imagen del pasado, pues sabía que en aquel territorio de cenizas, y no en mi cuerpo desvalido, se centraba mi debilidad.
Llegué a un promontorio desde el cual, los días claros, se alcanzaba a ver, en el fondo del valle, el techo de mi cabaña. Hoy, las nieblas ligeras que ascendían por el cañón como si huyeran de la noche cercana, lo ocultaban. Aceleré el paso. La noche no me alcanzó, tampoco el puma montañés. Mi refugio de paredes encaladas olía a tabaco y laurel. Yo pensaba que al entrar en mis dominios me derrumbaría a causa de la fatiga; más bien, gracias al cielo, sentí un alivio repentino como si me hubieran untado un bálsamo rejuvenecedor.   Pero no me hice ilusiones: sabía que el dolor no tardaría en volver, acrecentado por el relente del atardecer. Encendí el fogón, y a toda prisa, aprovechando las últimas luces y mis escasas fuerzas, calenté agua que fui vaciando en una tina y le agregué una libra de sal. Me hundí en aquel caldo salobre y pronto me quedé dormido. Soñé que sobrevolaba un paisaje de altísimos conos de ceniza, convertido en halcón. Aquellos parajes me eran desconocidos; sin embargo, por algún oscuro mecanismo de asociación me recordaban el escenario del combate.



Durante años había imaginado cada detalle del encuentro. Y me había entrenado minuciosamente, con esmero y dedicación dignos de un arquero zen. Nervios y músculos a punto, ni un gramo de grasa estorbaba mis movimientos. Yo saltaba y daba volteretas en el aire al igual que un trapecista consumado. Corría dos leguas sin detenerme un solo instante, y durante largos trechos sentía que las plantas de mis pies se apoyaban en una capa neblinosa situada a un palmo del suelo. Cuando ya la fecha se aproximaba ayuné tres días para desentumecer mi espíritu. El día fijado me levanté con el sol. Me zambullí en un pozo helado, di gritos de júbilo que resquebrajaron el hielo de un lejano glaciar. Y luego me golpeé la espalda, el vientre y los muslos con ramas de verbena. Desnudo e inerme acudí al escenario del combate. Una mancha de ceniza en el centro de mi frente me aseguraba un único espacio invulnerable.
La extensa planicie estaba vacía. El enemigo se haría esperar. Mientras lo aguardaba recordé que nada sabía de él. Su naturaleza y sus intenciones, su poder y su fuerza me eran ajenos. Su aspecto, inimaginable. Si surgiera del aire o de una repentina polvareda, tendría que aceptar su presencia sin ninguna objeción, pues yo mismo había elegido aquella forma singular de enfrentamiento.

La espera se prolongó hasta el mediodía. Cuando el sol alcanzó el cenit, lo vi venir. Remontaba la última cuesta que conducía a la planicie. Mi corazón retumbó como un tambor, y contra mi voluntad mis piernas se pusieron a temblar. Aquel ser que se acercaba caminando con dificultad no podía ser mi rival. De lejos parecía un adolescente, incluso un niño. A menos que se tratara de una confusión, alguien se estaba burlando de mí. El feroz combatiente que yo aguardaba se demoraba en llegar o quizá no llegaría nunca, y aquel otro no era más que un excursionista extraviado en la montaña, un solitario explorador en busca de un lugar para acampar. Ah, sí, ya no me quedaban dudas, a sus espaldas traía un morral. Tendría que esconderme detrás de una roca para ocultar mi desnudez. Un presentimiento me cortó la respiración: ¿no estaría yo inventando excusas para eludir el combate, pues quién sino mi enemigo iba a conocer la ruta hasta este desolado lugar? Haría ya siglos que por estos rumbos no se aventuraba ningún ser humano. ¿Era aquél un ser humano? Aun siéndolo, su aspecto frágil podía resultar engañoso. El hecho de que se doblara bajo el peso del morral no era en modo alguno signo de debilidad, pues muy bien podría traer acuestas una ametralladora con suficientes municiones como para aniquilar a un batallón, o quizás se trataba de una carga más contundente: un misil portátil, de aquellos que se guían por el calor. Mi cuerpo ardía como un diminuto sol.
El enemigo desapareció detrás de un matorral. Afiné la mirada y me puse en guardia, pues en cualquier momento te surgiría armado con su arsenal. Pasaba el tiempo y yo me impacientaba. Llegué a pensar en la posibilidad de un espejismo. La idea me desilusionó: sí todos mis preparativos habían resultado inútiles, ¿a quién iría ahora a ofrendar mi cuerpo pleno de energía, rebosante de vida e ilusión? Me alistaba para emprender el camino de regreso cuando lo vi avanzar en dirección al centro de la planicie, y se me hacía difícil creer que fuera el mismo adolescente que trepaba la cuesta con dificultad. Venía envuelto en luces que parecían brotar de su cuerpo, como si en la piel le crecieran espejos. Corrí a su encuentro y a medida que me acercaba el resplandor me enceguecía. Despojado de todo pensamiento, olvidado de mí mismo, iba yo lanzado como una mariposa nocturna hacia una fuente de luz. El primer golpe lo recibí en las rodillas, un golpe bajo, inesperado. Tuve la sensación de haber chocado contra una muralla tejida con alambre de púas. Sentí el desgarrón y recordé que a los caballos, en las batallas, les cortan los tendones. ¿Era yo un caballo? Trastabillé y caí, y antes de que intentara siquiera levantarme, un chorro de arena me encegueció por completo. Permanecí tendido sobre la hierba seca restregándome los ojos y aguardando la siguiente embestida. Imploré al cielo que el próximo golpe me partiera el corazón. Escuché entonces la risa, nerviosa e inquietante, y vislumbré con horror que la fiesta apenas comenzaba. Sobrevino un extenso silencio. Algo se dibujaba en el aire, una forma invisible, la sombra de un hacha tal vez. Una fuerza poderosa me haló hacia arriba, como si me tironearan de los pelos, y supe que estaba de pie. Di un par de pasos, lentos e inseguros. ¿Qué estaba sucediendo? No lo sabía. Moví los brazos buscando un asidero, al principio tanteando el aire con precaución, luego con furia. Tropecé otra vez con la alambrada. ¿Estaría acaso luchando contra un erizo o un puerco espín? Retiré mis brazos sangrantes y me quedé quieto. Imaginé por un instante que, me había convertido en estatua. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados se negaban a obedecerme. Levanté el izquierdo con mi índice y vi una cortina rojo oscuro. Desistí y volví a las tinieblas. Muy cerca de mi hombro se dejó oír semejante a un fuelle, la respiración del enemigo. Resollaba. Tenía pulmones o branquias, ¿y corazón? Se me heló la sangre. ¿Qué estaría tramando aquel ser despiadado? Sentí en la frente un toque frío y di un paso atrás, brusco y violento, como si en la oscuridad me hubiera topado con una víbora. ¿Era una mano? Supongo que sí. La mano persistió en su propósito, y apartó con delicadeza un mechón de mi frente. Luego me acarició suavemente, de la misma manera que una madre acaricia el rostro de su hijo que delira por la fiebre. ¿Qué demonios estaba sucediendo allá afuera? ¿Sería aquel el espíritu rencoroso de mi madre que acudía a consolarme? ¿Con qué propósito? Sólo faltaba que se pusiera a cantar para confirmar mi sospecha. No, no era posible. Me negué a admitir aquella idea demencial, pues un espíritu muerto no se manifiesta a pleno sol, era yo el que deliraba. De repente una ola de alivio recorrió mi cuerpo, y aunque mi cerebro rechazaba tal sensación, no podía resistirme a la evidencia me dejé arrastrar al igual que un ser fatigado hasta el límite de sus fuerzas se entrega al sueño. De cualquier manera, yo estaba a merced del enemigo, y aquella tregua no pasaría de ser más que una nueva estratagema, un ardid tramado sólo para confundirme. El gato caza al ratón y juega con él, no tiene prisa, lo zarandea y luego lo suelta creándole la falsa ilusión de que puede escapar, lo atrapa de nuevo y el juego continúa. El ratón, como cualquier ser en peligro, forcejea, no se da por vencido, pero en el vaivén entre la fuga y las garras del cazador -seguro éste de haber cobrado su presa- segrega la enzima del terror que ablanda y endulza su sangre, sellando así, sin saberlo, su condena. ¿Sería yo un ratón? Ah, entonces me entregaría sin resistencia para envenenar a mi depredador. Llegado a este punto hice otro intento por abrir los ojos y, contra mis aprensiones, lo logré. Y vi el rostro del enemigo. Creí verlo.
No, no se trataba de un rostro. Hasta donde alcanzaba mi discernimiento, aquella forma que flotaba cerca de mí era una máscara de hierro. Dos estrechas ranuras horizontales a la altura de los ojos y una rejilla metálica en el lugar de la boca: un primer plano que cubría por completo mi ángulo de visión. Añoré mi ojo de pez. Quise saber quién se ocultaba tras la máscara, levanté los brazos y me preparé para el asalto. Creía que me bastaría un esfuerzo mediano para despojar a mi rival de aquella cerrazón. Mis manos, que buscaban algún broche o una escotilla, tropezaron contra una superficie sembrada de diminutos cuchillos. El dolor compitió con la rabia, y ambos avivaron el ardor de las otras heridas. Como si hubiera aguardado mi despertar, el enemigo interrumpió sus caricias y se alejó unos pasos. Y así lo pude ver en todo su esplendor, cubierto de la cabeza a los pies por una férrea caparazón. La armadura brillaba al sol, lanzaba destellos plateados, puñaladas de luz. El resplandor me fascinaba y me hacía olvidar mi precaria y miserable condición. Caminé otra vez en dirección a la luz y me abalancé sobre mi contrincante. Lo abracé como si hubiera reconocido en él a un hermano perdido hace tiempo en un naufragio. Las salientes de la armadura se adentraron en mi carne. Me retiré adolorido. De mi pecho, agujerado y tasajeado, manaba la sangre como de un surtidor. Observé que también mi adversario se hacía a un lado. Me esquivaba, tal vez se compadecía de mí, no lo sé. Tuve un raro pensamiento que, mientras persistió, convirtió mi mente en un infierno. El adolescente o quien fuere que se ocultaba en el traje de hierro no era mi enemigo, no luchaba ni quería luchar. Estaba allí, en la planicie, cumpliendo algún designio, para mí e incluso para él mismo, desconocido. La vestimenta pesada y sofocante que se ha visto obligado a usar le debe causar un indecible tormento, y con gusto, si pudiera, se libraría de ella. Imagino que no le está permitido exhibir su auténtica naturaleza, menos aún su desnudez, quizá teme que yo pueda dañar su delicada piel. Es él quien se protege de mí. Soy yo el agresor. A través de la estrecha ranura de la máscara su visión es limitada. Sólo verá los objetos más cercanos, el horizonte se le escapa. Quizá a causa de esa limitación fue que no pudo esquivar mi primera embestida. La última, creo que lo tomó por sorpresa. El razonamiento no carecía de lógica, pero la lógica no iba a aliviar mis heridas. Yo estaba ya suficientemente destrozado, y me daba igual que el daño me lo hubiera causado yo mismo o un siniestro vengador. No obstante, me preguntaba: ¿por qué se me castiga? ¿Acaso en un momento de distracción le había negado un vaso de agua a un peregrino que se detuvo a reposar en mi cabaña? ¿O quizá en sueños asesiné a un ruiseñor? Herido como estaba quería conocer uno solo de los motivos, el más insignificante, que me había hecho merecedor de semejante castigo. ¿Y si todo no fuera más que un equívoco? ¿Qué clase de torneo era aquel en el cual sólo yo recibía los golpes? Para averiguarlo tendría que intentar alguna forma de comunicación con mi rival. Caminé hacia él y de nuevo el reflejo de la armadura me encandiló. Pensé que si esperaba la llegada de la noche, la oscuridad apagaría el brillo cegador, la superficie se enfriaría, y de no ser por las aristas puntiagudas sería aquel un sitio agradable donde apoyar mi mejilla y dormir. Utilicé mi mano a manera de pantalla para amortiguar el torrente de luz, y de paso borré de mi memoria la silueta de una quimera que amenazaba convertirse en una imagen real. El enemigo se había sentado en una piedra, e inclinado sobre el suelo dibujaba en un espacio arenoso unos signos extraños. Utilizaba una varita como si se tratara de una plumilla. Me le acerqué de frente y mi sombra se proyectó sobre la inscripción. Me aproximé aún más, hasta casi rozarlo, quería ver. Observé que una de sus manos, la que dibujaba, sobresalía de la armadura, libre, sin protección, y me pareció fina y delicada, frágil en exceso. Seguro que esa mano fue la que apartó un mechón de mi frente y luego me acarició. La otra, en cambio, estaba recubierta por una manopla tachonada de clavos de acero con las puntas vueltas hacia afuera. Reconocí en la arena el ideograma chino de caos. Quise susurrar al oído del enemigo alguna frase grata, ofrecerle mis disculpas, pedirle tal vez que me revelara el enigma de nuestro encuentro. Que no se preocupara por mis heridas, ya cicatrizarán: el tiempo es un bálsamo, el mejor. Fue entonces cuando se volteó en mi dirección y pude ver durante una fracción de segundo, a través de la rendija de la máscara, el relampaguear de sus ojos. Pero no alcancé a vislumbrar siquiera el movimiento de la manopla lanzada como una coz contra mi rostro.
Caí boca arriba y vi un cielo rojo surcado por relámpagos, y antes de hundirme en la confusión aún tuve tiempo para pensar que mi proximidad al enmascarado había desencadenado un mecanismo involuntario: el resorte de una alarma se desató, de manera que el golpe me fue asestado sin intención. O, tal vez, a causa de su visión imperfecta, el anónimo guerrero confundió la mancha de ceniza en mi frente con una mosca y quiso librarme de ella aplastándola de un manotazo.
Lo que aconteció después pertenece al campo del olvido. Al recordarlo corro el riesgo de envenenar mi sangre con el rencor, pues ni siquiera las plantas de mis pies escaparon a la furia del vengador. ¿Para aquel miserable combate me había preparado durante tanto tiempo? Más me hubiera valido abrirme el vientre con un puñal mellado y arrojar mis entrañas a los perros. Basta. A fin de cuentas, si aún permanecía con vida, ¿qué había perdido? A lo sumo, la ilusión. Y ésta, al igual que el musgo que crece entre las piedras, se reproduce con el sol. Latencia, creo que así llaman al período durante el cual las fisuras que surcan las piedras ennegrecen. Late el corazón. Tendría ahora que enfrentarme al lento proceso de sobrevivir: en aquellos menesteres era yo un experto, un salvaje jabalí de las praderas huyendo del incendio que arrasó el bosque, la casa entre los árboles y el jardín.
Me levanté. Asunto terminado. Ya era tiempo de regresar. Me adentré en la planicie llevando el sol rojo como morral. Y mientras me alejaba escuché a mis espaldas un ruido metálico seguido de un sonido claro que confundí con una voz. Quizá el enemigo se había despojado de la máscara, ya no soportaba el calor, y en un extraño gesto de amabilidad se despedía de mí. Hasta luego, pues. Pero no me volví para verlo. No quise guardar para mis sueños futuros la imagen del rostro de aquel desconocido que, por la razón que fuese, me había causado tanto dolor.



Desperté bien entrada la mañana y chapoteé en la tina de agua salobre. Por la rendija de la puerta se filtraba un rayo de sol.


Un caballo amarillo - Ednodio Quintero

Un caballo amarillo - Ednodio Quintero


Si yo soñara que soy algo más que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condición de bípedo pensante, enfilaría mis pasos rumbo a la ciudad más cercana, aquella que se vislumbra allá en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de hollín el cielo sin nubes de esta mañana de septiembre.

Me confundo entre la multitud sudorosa que sale del estadio. A empujones y codazos logro abordar un destartalado autobús repleto de escolares macilentos y ancianas desdentadas. A través de la ventanilla contemplo el desfile de árboles raquíticos que bordean la avenida. Un desconocido de rostro patibulario se me acerca sonriendo y me da una feroz patada en la espinilla. En silencio lo maldigo mientras me retuerzo como un gusano fulminado por un rayo de sol.

Desciendo en la esquina del mercado y me envuelve el olor a pescado podrido mezclado al vaho que asciende del fondo de las alcantarillas. Las moscas oscurecen el aire, y una rata asoma el hocico desde el bolsillo del saco de un mendigo ciego. Más allá, sentada en el umbral de una puerta rosada, una anciana prostituta se asolea las rodillas. Siento hambre, escarbo inútilmente en mi faltriquera, y me alejo poco a poco sin darme cuenta del sosegado ritmo de mis pasos.

Por un rato ando extraviado entre el humo de las fábricas, el ruido de los autos, el bullicio de los chicos que juegan al fútbol, las piernas rollizas de una mujer alta y rubia que arrastra un perro de pelaje oscuro. Y un viejo amigo que me saluda llorando. Otra vez escapo y creo refugiarme en la silenciosa intimidad de una iglesia. Me aturde la voz afeminada e irritante de un joven sacerdote, ojos azules y mejillas recién rasuradas, que agita un cristo con cara de perro regañado y vocifera en un idioma extraño, mezcla de latín; sánscrito y arekuna. Me escurro sigilosamente y vomito en la acera.
  
Casi sin interrupción me veo ahora sentado en un sofá, en la sala de unos parientes idiotas. Celebran mi visita con cuchicheos y sonrisas sesgadas. Me ofrecen café o té o limonada. Revolotean a mi alrededor como pájaros bobos. Recuerdan a la abuela asesinada durante una fiesta de carnaval de los años cincuenta y a la tía Margarita atacada de sarna perruna. Asqueado me despido, y con el golpe de la puerta comienzan, por tumo, torpemente, a enterrarme en la espalda los puñales que ocultaban entre sus vestiduras.

Afuera la tarde es una flor anaranjada desgajándose lentamente. Las puntas de mis zapatos mellados señalan el camino de regreso. Me resisto a pensar. Mi cerebro es una cueva blanquecina, limpia y desolada, en la que, a intervalos muy breves, se desliza una sombra. Apenas una sombra y el obstinado revolcarse del viento entre los árboles. Tarareo una melodía triste y desafinada, y desciendo por el callejón pateando una lata de cerveza.

Al llegar a mi casa me aguardan los gritos de mi mujer y el llanto de nuestros hijos. Mi mujer ha enflaquecido y los senos le cuelgan como una piltrafa. Los chicos tienen hambre. Patalean y me saltan encima y se me suben por todas partes como hormigas. Me derriban, aúllan y pisotean mi cuerpo fatigado. Entonces me despierto y libre ya de pesadillas me afinco en mis patas traseras, de un salto me levanto, relincho de contento, galopo y el viento sacude mis crines amarillas.


jueves, 13 de agosto de 2015

La muerte viaja a caballo - Ednodio Quintero

LA MUERTE VIAJA A CABALLO - Ednodio Quintero  

Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre este momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicírculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

La Oveja Negra - Augusto Monterroso

La Oveja Negra - Augusto Monterroso

Érase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero.
En aquel país el comercio solo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba.
El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos y, por su lado, los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno.
La vida transcurría sin tropiezo, y no había ricos ni pobres. Pero he aquí que no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en casa y leía novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo, después hubo que darle a entender que si el quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por las noches para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba allí, miraba pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un centavo, sin tener que comer, con la casa vacía. Pero hasta aquí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entretanto no robaba a nadie.
De modo que siempre había alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando.
Y por otro lado, los que iban a robar la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía. De modo que se volvían pobres.
Los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se hicieron pobres. Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo, se volvían pobres y pensaron: "paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta".
Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes. Naturalmente, siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres, porque los pobres les robaban.
Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esta manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados, sino sólo de ricos o de pobres; y, sin embargo, todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había sido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

Ella acaba con ella - Juan José Millás

Juan José Millás: Ella acaba con ella
Ella tenía 50 años cuando heredó el antiguo piso de sus padres, situado en el casco antiguo de la ciudad y donde había vivido hasta que decidiera independi­zarse, hacía ya 20 años. Al principio pensó en alquilarlo o en venderlo, pero después empezó a conside­rar la idea de trasladarse a aquel lugar querido y detestado a la vez y, por idénticas razones, le parecía que aquella decisión podría reconciliarla consigo mis­ma, y con su historia, y de ese modo sería capaz de afrontar la madurez sin grandes desacuerdos, contem­plando la vida con naturalidad, sin fe, pero también sin esa vaga sensación de fracaso bajo cuyo peso había vivido desde que abandonara la casa familiar. Coque­teó con la idea durante algún tiempo, pero no tomó ninguna decisión hasta encontrar argumentos de or­den práctico bajo los que encubrir la dimensión sen­timental de aquella medida.
          El piso tenía un gran salón, de donde nacía un estrecho pasillo a lo largo del cual se repartían las ha­bitaciones. Al fondo había un cuarto sin ventanas, concebido como trastero, en donde ella —de joven— se había refugiado con frecuencia para leer o escuchar música. Se trataba de un lugar secreto, aislado, y comunicado con el exterior a través tan sólo de la queña puerta que le servía de acceso Decidió que rehabilitaría aquel lugar para las mismas funciones que cumplió en su juventud, y tiró todo lo que sus padres habían ido almacenando allí en los últimos años. Des­pués colocó en puntos estratégicos dos lámparas que compensaran la ausencia de luz natural, e instaló su escritorio de estudiante y el moderno equipo de músi­ca, recién comprado. Un sillón pequeño, pero cómo­do, y algunos objetos que resumían su historia com­pletaron la sobria decoración de aquel espacio.

Se dedicó después a limpiar el salón, sustitu­yendo los antiguos muebles de sus padres por objetos de línea más simple que eliminaran aquella sensación de ahogo. Tuvo problemas con algunos espejos, pues por un lado le gustaban, pero, por otro, le producían una sensación inquietante aquellas superficies azoga­das, en las que el tiempo parecía haber ido dejando un depósito que sugería la existencia de una forma de vida en el lado del reflejo. Finalmente decidió venderlos.
Clausuró después tres habitaciones —la de sus padres entre ellas—, en las que era muy impro­bable que necesitara entrar, y arregló la cocina, en donde parecía persistir también alguna tenue forma de vida que quizá se había creado a lo largo de los años con los gestos y los pasos y la mirada de su madre sobre aquellos dominios alicatados hasta el techo.
Cuando terminó las reformas que había pro­yectado, se sentó en el salón y se sintió vacía y ajena a todo aquello. Había violado un espacio que ya no era suyo para sentirlo propio, y ahora tenía la impresión de que nunca llegaría a acostumbrarse del todo a aquella casa cuyas puertas parecían abrir­se a otra persona y cuyas paredes —especialmente las del cuarto de baño y las de la cocina— exuda­ban una ligera humedad que sugería algún tipo de actividad orgánica en el interior de los muros.
En cualquier caso, decidió combatir la aversión con disciplina y, así, procuraba cocinar todos los días para que la casa se fuera impregnando de sus propios olores. Salía poco, pues no ignoraba que aquellos es­pacios rechazarían su amistad si no se sentían habita­dos de forma permanente.
Una vez que hubo dominado el salón y la coci­na, comenzó a recorrer con método el pasillo, que era una de las zonas más irreductibles de la vivienda. Y el pasillo la condujo al cuarto sin ventanas que había ha­bilitado para obtener mayores dosis de soledad o refu­gio que en el resto de la casa. Se retiraba a esta habita­ción a eso de media tarde, cuando la luz dudaba entre persistir o acabarse, y ponía su música preferida al tiempo que leía un libro o se perdía en ensoñaciones que la trasladaban sin orden ni diseño a una u otra época de su vida. Aquel cuarto, al que se accedía a tra­vés de una pequeña puerta situada al fondo del pasillo, acabó por convertirse en una burbuja en cuyo interior podía viajar a salvo de las asechanzas de la vida.
Así, pasaron algunos meses y la obsesión por el cuarto sin ventanas continuó creciendo a expensas de la zona más débil de ella, al tiempo que disminuía su interés por lo exterior. Y si bien es cierto que su ca­rácter práctico y su educación la libraron de caer en el abandono de todo cuanto no guardara relación con aquel cuarto, también es verdad que el agujero aquel reclamaba su presencia de un modo cada vez más apremiante. Le bastaba colocarse en la cabecera del pasillo para sentir que una fuerza invisible, pero cierta, tiraba de ella como un centro magnético conduciéndo­la dócilmente por el corredor hacia su oscuro destino.
Se sentaba en el sillón y oía músicas antiguas y leía antiguos libros o miraba fotografías que iban poco a poco levantando su propia imagen, la imagen de una mujer dura, aunque frágil, cuya vida podría haber sido distinta a lo que fue. Y así, entre ensueño y ensueño —sabiamente guiada por la música y por los objetos de otro tiempo— nació en aquella habitación un refle­jo de sí misma que al principio parecía amistoso, pero que al poco de formado comenzó a mostrar un lado hostil, independiente y acusador.
Intentó clausurar aquel espacio, vivir como si no existiera, pero apenas entraba en el pasillo sentía su poder de atracción y caminaba hacia él, hacia el en­cuentro consigo misma, como guiada por unos intere­ses ajenos, como si sus piernas, su mirada, su cuerpo, fueran manejados desde un centro de operaciones ex­terior a ella. Cuando aceptó que se trataba de una lucha desigual, se dejó vencer, pero enseguida su ca­rácter práctico le advirtió de que aquello conducía a la locura. Se vio a sí misma envejeciendo en aquel cuar­to, manteniendo conversaciones interminables con lo que no pudo ser, haciéndose cargo de una vida parale­la a la suya que vampirizaría todas sus energías, y el terror a esa imagen consiguió de nuevo levantarla del sillón y hacerla acudir a las zonas más templadas y lu­minosas de la vivienda.
Poco a poco, gracias de nuevo a sus antiguos reflejos disciplinarios, fue espaciando las visitas a aquel agujero, que era como el núcleo de una conciencia cuyos dictados parecían concernirla, y perdió el anti­guo hábito de acudir a él. Sin embargo, la otra —llena de ausencia— no paraba de gritar desde aquel cuarto sin ventanas, de manera que sus gritos traspasaban la pequeña puerta y galopaban —ciegos— por el pasillo en dirección al salón. Pensó que aquello era otra for­ma de locura y decidió entonces clausurar con ladri­llos el hueco de la puerta para dejar emparedado allí todo lo antiguo junto al reflejo de ella, junto a la otra, que quería crecer a cualquier precio ignorando que sólo se crece hacia la muerte.
Consiguió la cantidad de ladrillos y cemento necesarios para la operación y se puso a trabajar un domingo por la tarde. En apenas tres horas consiguió levantar un sólido muro que pareció borrar la existen­cia del cuarto. Todavía con la paleta en la mano, un poco sudorosa, observó los contornos de su obra y re­pasó las pequeñas imperfecciones de los bordes. Des­pués, agotada por el esfuerzo, se sentó y se quedó dor­mida.
Se despertó al poco, como sobresaltada por algo que estaba a punto de suceder, y el terror entró como una garra en su estómago porque advirtió que se encontraba en el lado del muro que se había pro­puesto clausurar. Para defenderse de aquella visión pensó que quizá seguía durmiendo o que tal vez ella era la otra, pero no le dio tiempo a averiguarlo por­que un dolor desconocido por su intensidad le mor­dió el pecho, a la altura del corazón, y cayó muerta sobre el suelo, junto a aquel muro que debería haber dividido su existencia y que ahora separaba dos espa­cios asimétricos y sin significado.
En fin.

miércoles, 22 de julio de 2015

Una gallina - Clarice Lispector

Una gallina - Clarice Lispector


Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.

Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.

Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!

Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.

Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.

Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:

-¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!

Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:

-¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!

-¡Y yo tampoco -juró la niña con ardor.

La madre, cansada, se encogió de hombros.

Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡"Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!" La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.

Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.

Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.


Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.

Mecánica popular - Raymond Carver

Mecánica popular - Raymond Carver

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana —una ventana abierta a la altura del hombro— que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, le ordenó él.
Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, repitió.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño al niño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas.

Así, la cuestión quedó zanjada.

El almohadón de plumas - Horacio Quiroga

El almohadón de plumas - Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
 
Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917